Dia 7
Me fui junto con alguien más al lugar que siempre frecuento para resolver las necesidades básicas que pueda tener. Cuando me entretenía en una de las cosas por las que salí de mi casa, recibí una llamada, a tan solo dos días de diferencia murió otra amiga más. Tenía el tiempo corto, así que no pedí detalles y quede en llegar a encontrarme con algunos amigos para despedirla.
Tomé un taxi. Bajo un fuerte sol caminé alrededor de 10 minutos. Debía hacer algo impostergable. De regreso intenté otro tomar otro taxi, pero fue inútil y caminé por otros 10 minutos.
Casi corriendo llegué a la sala velatoria, ya se habían marchado a la misa. Afortunadamente un señor que también llegó tarde conocía el lugar y fuimos hasta allá. Caminamos alrededor de 15 minutos. Tomamos el bus, él, muy amablemente, pago mi pasaje. Luego, caminamos una cuadra y llegamos a la iglesia.
Pregunté su nombre, estreché su mano, le di el mío, le agradecí por todo y entre a la iglesia. En las primeras filas encontré a mis amigos y me hice un espacio entre ellos.
Su féretro y el de su compañero estaban muy cerca, no quise verla. Noté que me había vestido de luto, parecía muy apropiado, aunque al vestirme temprano lo hice por alguien más y no tenía idea de que también iba a ser por ella.
Se desarrollo la misa en la relativa tranquilidad que pueda llegar a tener una tan especial como esa. Ahora debíamos ir al cementerio. Eran más o menos las 3:47 y recordé que no había comido nada en todo el día, no me había quedado tiempo.
Cuando llegamos estaba ya todo dispuesto para el final, que hace algunos días ni se imaginaba y ahora era lo único que quedaba.
Mis amigos y yo nos apartamos, por un momento no pudimos dejar de ser el grupo que nunca falta en ese tipo situaciones: el que ríe y se aísla por un instante del entorno.
Con mucho agrado me condujeron hasta la puerta de mi casa. Llegué aproximadamente a las 7 de la noche, al fin pude comer.
Concluí de nuevo que la muerte es algo que llega en cualquier momento y aunque no tenga explicación para nosotros, siempre tiene una razón.
Tomé un taxi. Bajo un fuerte sol caminé alrededor de 10 minutos. Debía hacer algo impostergable. De regreso intenté otro tomar otro taxi, pero fue inútil y caminé por otros 10 minutos.
Casi corriendo llegué a la sala velatoria, ya se habían marchado a la misa. Afortunadamente un señor que también llegó tarde conocía el lugar y fuimos hasta allá. Caminamos alrededor de 15 minutos. Tomamos el bus, él, muy amablemente, pago mi pasaje. Luego, caminamos una cuadra y llegamos a la iglesia.
Pregunté su nombre, estreché su mano, le di el mío, le agradecí por todo y entre a la iglesia. En las primeras filas encontré a mis amigos y me hice un espacio entre ellos.
Su féretro y el de su compañero estaban muy cerca, no quise verla. Noté que me había vestido de luto, parecía muy apropiado, aunque al vestirme temprano lo hice por alguien más y no tenía idea de que también iba a ser por ella.
Se desarrollo la misa en la relativa tranquilidad que pueda llegar a tener una tan especial como esa. Ahora debíamos ir al cementerio. Eran más o menos las 3:47 y recordé que no había comido nada en todo el día, no me había quedado tiempo.
Cuando llegamos estaba ya todo dispuesto para el final, que hace algunos días ni se imaginaba y ahora era lo único que quedaba.
Mis amigos y yo nos apartamos, por un momento no pudimos dejar de ser el grupo que nunca falta en ese tipo situaciones: el que ríe y se aísla por un instante del entorno.
Con mucho agrado me condujeron hasta la puerta de mi casa. Llegué aproximadamente a las 7 de la noche, al fin pude comer.
Concluí de nuevo que la muerte es algo que llega en cualquier momento y aunque no tenga explicación para nosotros, siempre tiene una razón.







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